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CADENA PERPETUA

 

Tus ojos y los míos se miraban como ningunos otros en el mundo. Nos unían, nos ataban, nos fundían. Y luego entonces jugamos el juego del amor, en el que estúpidamente creemos que la suma de uno y uno es igual UNO.

 

Los días pasaban y el amor crecía, las sonrisas y la alegría eran el pan de cada día. Era feliz. Eras feliz. Y nuestros ojos no mentían.

Despertábamos con una sonrisa  y la noche caía en aquella alcoba que tenía sobrecama de colores. Era mi preferida, vieja y con los estragos del tiempo sobre ella, pero al cerrar los ojos, cubría nuestros cuerpos de amor, de sueños y de tantos anhelos.

 

Al sonar la alarma, y llenarme de las tareas cotidianas, pensarte era lo que revoloteaba las mariposas que de ti me hablaban. No había explicación. Y es que las cosas del corazón no se explican, solo sienten.

 

Y hoy, después de algunos cumpleaños, triunfos alcanzados e inviernos superados me incomoda seguirte pensando. No se si la ciencia respalde algunas de mis teorías pero he llegado a la conclusión que  para lo nuestro, eso que  aún me mantiene enferma de recuerdos no existe cura alguna.

 

De camino a casa, mientras la ciudad avanza, le pregunto al silencio si algún día lograré borrar tu nombre y su respuesta sigue siendo invariablemente la misma:

 

“¡QUÉ TERQUEDAD LA TUYA MUJER! NO HAS ENTENDIDO QUE EL AMOR NO SE TRATA DE PERSONAS, NI DE NOMBRES; EL AMOR SON LOS RECUERDOS QUE LLEVAMOS TATUADOS EN LA MEMORIA.”

 

Hay noches que el humo del cigarro disipa los pensamientos, en otras el alcohol amortigua la pena mientras la soledad toca a la puerta.

 

Amar lo intangible parece ser la condena de esta cadena perpetua.

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